Todavía tengo ingredientes
moribundos en la heladera, que compre para cocinarte.
Todavía están las
flores marchitas en el florero que me compré para cuando me regalases flores.
Todavía lloro
todas las noches abrazada al peluche que me regalaste.
Todavía está el dolor del último abrazo que jamás llegó.
Recuerdo el
último fin de semana que compartimos juntos, que fue salido de un cuento de
hadas.
Recuerdo los ojos
con los que me mirabas, que me hacían dar cuenta que, por más que no fueras tan
expresivo verbalmente, estabas enamorado.
Recuerdo cada
sonrisa honesta y tu intento de ocultarla cuando te abrazaba de atrás y te
llenaba de besos diciendo que eras increíble, mientras cerrabas los ojos para
disfrutarlo.
Recuerdo las
noches que no dormí, que, aunque me darían cansancio al día siguiente, me
hacían estar consciente cada vez que me dabas un beso dormido y te volvías a
acurrucar.
Me duelen las
cosas que no fueron. Cada viaje que pudimos haber planeado, cada picnic con
bici que íbamos a hacer. Cada día que ansío contarte lo que pasa en él y que me escuches. Cada idea e ilusión que se me pasaba por la cabeza a
futuro para hacer con vos. Todo con vos. Pero siempre estuvieron solo ahí, en
mi cabeza, y hoy se van a quedar prisioneras ahí por siempre, porque nunca van
a dejar de ser ideas para ser reales.
Me duelen las
cosas que no fueron. Pero más me duelen
las cosas que sí fueron y que ya no van a ser más.
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